El miedo es un arma muy poderosa. Es la más antigua que se conoce. Con el miedo puedes dominar, controlar, dirigir, aborregar. Porque el miedo paraliza, bloquea, nubla el entendimiento y hasta el raciocinio. Y el miedo a morir es el más básico para el ser humano.
Un animal no tiene ese miedo, supongo, porque no es consciente de su existencia, se mueve básicamente por instintos, el reproductor sobre todo, porque sirve para preservar la especie. No creo que una gacela tenga miedo de desaparecer y dejar de comer hierba en la sabana.
Pero el ser humano sí que es consciente de que respira y sí que teme dejar de hacerlo. Así que el miedo a la muerte es el más potente, el más exacerbado. Un humano es capaz de matar para salvar su propia vida en un último gesto imponiendo el instinto de supervivencia.
La pandemia global del COVID sirvió de experimento social sin duda. El miedo hizo que gobernantes de todo signo y condición impusieran unas restricciones a la libertad individual que resultaban impensables. ¿Recuerda aquello del pasaporte COVID? Sin vacuna no puedes entrar a un bar a tomarte una cerveza o viajar. El no vacunado se convirtió en apestado, en bomba vírica potencial. El miedo les señalaba. Aquellos que se resistieron fueron señalados, arrinconados y condenados sin juicios. Eran unos negacionistas.
Los efectos de aquellas vacunas, hechas deprisa y corriendo, ofrecían dudas entonces, y a día de hoy las siguen ofreciendo. De hecho, hay algún médico que habla de una mayor incidencia en casos de cáncer desde entonces, aunque sin presentar estudios que lo acrediten.
"El hombre es el lobo para el hombre", frase del filósofo inglés, Thomas Hobbes, allá por el siglo XVII. Tenía más razón que un santo, porque sí, el hombre es el peor enemigo de sí mismo. Pero justo después, en la escala de peligrosidad están los enemigos microscópicos, las bacterias y los virus, esos seres insignificantes que pueden acabar con la vida humana en un periquete. Malditos bichitos, seguro que son obra del demonio.
Acabamos de conocer uno nuevo, bueno, para los microbiólogos no lo era, pero para el resto de la humanidad pues sí: el hantavirus, que es hasta una familia de virus que tiene su origen en esos animales tan simpáticos y asquerosos, los roedores, ratas y ratones, pero del hemisferio sur, muy al sur del continente americano.
¿Qué pasa? Pues que por muy lejos y recóndito que sea el nacimiento de los virus la fantástica globalización hace que los humanos se muevan constantemente por todos lados y se asomen a cualquier vertedero para ver pájaros. Porque ese parece ser el lugar en el que la pareja de turistas holandeses, jubilados, respiró el hantavirus de la familia Andes. Esa rama es la más transmisible en humanos según dicen los expertos, esos que con profusión están apareciendo en los medios desde hace una semana.
Los turistas iban en un crucero de aventuras, no uno clásico de ocio para hartarte de comer y recalar en puertos de ciudades muy turísticas. El Hondius, que es el barco en cuestión, es un buque de expedición polar preparado para navegar en zonas con hielo. Desde hace 7 años opera haciendo rutas por la Antártida y el Ártico. El último viaje infausto del Hondius duraba unas seis semanas y el coste por pasajero oscila entre los 15 mil y los 24 mil euros, según el tipo de camarote.
Es un crucero bastante exclusivo y especial en el que iban 149 personas de 23 nacionalidades distintas, entre ellas 14 españoles. Y ese crucero se ha convertido en la noticia de la semana por el brote de hantavirus, la amenaza vírica que ha hecho recordar la pandemia del coronavirus.
Los medios de comunicación masivos, ávidos de noticias de impacto, han encontrado en el brote un filón. Horas y horas en radios y televisiones para hablar de la amenaza, del riesgo, del miedo al virus, de la gestión de la crisis sanitaria. Algunos hasta aderezan la información con música de apocalipsis porque, nada mejor que el miedo para captar a la audiencia, a esos espectadores u oyentes que forman parte de la manada, la inmensa mayoría.
He sido periodista en ejercicio y me siento aun periodista, aunque no esté en las trincheras de la información. Y soy muy crítico con los medios especialmente los audiovisuales. Me horroriza ver cómo se hace espectáculo de la información. Me revuelve el estómago constatar cómo se apela al miedo para asustar y así mantener al espectador enganchado. Es terrible.
Hemos soportado una semana de aluvión informativo. El hantavirus ha monopolizado la información abriendo programas y siendo el centro del debate en esos programas de tertulias tan frecuentes. En dichos espacios, por cierto, lo que abundan son los todólogos, es decir, maestros liendres que de todo saben y de nada entienden. Hoy te hablan de cómo resolver una crisis sanitaria y mañana de porqué el escarabajo pelotero hace pelotitas de estiércol.
¿Ha sido acertada la resolución de la crisis? ¿Ha sido acertado traer el barco a Tenerife y repatriar a los respectivos países de origen a los pasajeros? Bueno, las sospechas de infección no desaparecen hoy porque ha habido personas que tuvieron contacto con los fallecidos y que dejaron el barco hace semanas. Es decir, la alarma sobre la propagación del virus no va a desaparecer mañana, ni pasado. Aunque si los medios dejan de hablar del tema la gente volverá a su despreocupación, de eso no me cabe duda.
Eso sí, ya hay personas que se plantean volver a utilizar mascarillas en los medios de transporte públicos, especialmente en aviones. O sea, que la neurosis colectiva se activa rápidamente, está claro.
Pero volvamos a la decisión del Gobierno de España, atendiendo al parecer a la sugerencia de la Organización Mundial de la Salud, ¿quién soy yo para decir que está bien, mal o regular? He oído a supuestos expertos hablando en sentidos radicalmente antagónicos. El sentido común indicaría que lo más razonable habría sido mantener a los pasajeros en el barco mientras durase la cuarentena realizando, claro está, una desinfección de garantías en el buque.
Mantener aislados a quienes han tenido contacto directo con el brote habría sido tal vez lo más lógico. Pero es la lógica de alguien que no sabe nada de virus, claro. Tendremos que pensar que las decisiones están avaladas y amparadas por expertos que habrán valorado debidamente las diferentes alternativas.
¿Y cuál es el problema? Pues es la desconfianza del ciudadano sobre los que toman las decisiones en este trágico país. ¿Recuerdas aquel comité de expertos que no existía? ¿Recuerdas a ese gran comunicador llamado Fernando Simón, el que dijo que el coronavirus afectaría con uno o dos casos a España? Bueno, ha salido para decir que el hantavirus no supone un alto riesgo y que a priori los pasajeros no suponen un riesgo para nadie porque el contagio es difícil.
Está por ver que los mejores augurios se cumplan y el brote de este virus quede en una pesadilla para los pasajeros del Hondius. De momento, lo que tenemos es un transporte internacional de personas con un complejo protocolo de aislamiento y que, por mucho que insistan, no está exento de riesgos. Porque cualquier transporte es arriesgado y más en estas circunstancias.
Confiemos en que la alerta sanitaria se quede en eso, en una alerta que, por cierto, ha contribuido a distraer a la opinión pública española de tantas y tantas epidemias corruptas que asolan nuestro suelo patrio. Y esas epidemias, amigo, sí que son difíciles de eliminar.