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Ejercicio · Locución de Opinión · Inteligencia Artificial

Voces Sintéticas

Ángel G. Morón · Lectura: 8 min · GymVoz Newsletter

Hoy quiero reflexionar en voz alta sobre algo que viene preocupando y mucho a mucha gente. La historia de la humanidad está trufada de momentos de incertidumbre cuando llegaba una revolución industrial que cambiaba, alteraba, suprimía una manera de trabajar.

En el siglo XVIII pasó con la industria textil por ejemplo en el Reino Unido. Entre 1760 y 1840 aproximadamente la producción textil británica pasó de ser una industria artesana a una mecanizada. Los trabajadores solo tenían que estar presentes para asegurarse de que las máquinas de cardar, hilar y tejer no se detuvieran.

Hasta ese momento revolucionario, el trabajo era manufacturado y artesanal, pero llegó la mecanización y las fábricas eliminaron muchos puestos de trabajo. Fue una evolución industrial, un avance tecnológico y hubo, lógicamente, un rechazo social importante ante la innovación. Pero la mejora en los procesos era imparable así que enfadarse, cerrar los ojos y rebelarse fue inútil.

Es solo un ejemplo de lo que supone siempre un avance tecnológico. En la historia reciente tenemos el transporte ferroviario, los vehículos de combustión, la aviación, la radio, la televisión, Internet, la telefonía móvil. Avances tecnológicos que transforman la sociedad, la forma de movernos, de vivir, la manera de comunicarnos, de estar informados, de entretenernos, de divertirnos, de pasar el rato.

Y en estas llega la inteligencia artificial, la IA. La última revolución industrial y tecnológica que nos subyuga y nos alucina por igual, diría yo. Llevamos un tiempo abrumados con noticias que tienen que ver con los avances de la inteligencia artificial. Esta es una revolución transversal, multisectorial. No hay industria que no pueda aprovechar la mejora en los procesos que supone la inteligencia artificial. Porque la IA es una herramienta fabulosa, no cabe la menor duda. Aunque como toda herramienta al servicio del ser humano puede ser utilizada de manera positiva o perniciosa. El bien o el mal uso de cualquier cosa tiene que ver, como siempre, con el ser humano que, ya sabemos, es capaz de lo mejor y de lo peor.

Te pongo mi ejemplo de uso con la IA. Doy formación de locución, voz y comunicación desde hace unos 15 años. La infausta pandemia me hizo descubrir la formación online, el mundo sin fronteras geográficas. La solución digital me pareció un reto en su momento. Seis años después la formación para mí es especialmente online, qué gracia ¿verdad?

Con el tiempo fui mejorando la implementación de la formación digital con aplicaciones y software que mejoraran la experiencia para el alumno. Y hace unos meses descubrí la asistencia de la IA en la aplicación de videoconferencia. El asistente virtual puede transcribir la sesión y hacer un resumen escrito pormenorizado de lo trabajado. Recoge ejercicios abordados, frases textuales pronunciadas por mí y que pueden ser destacadas, debilidades y fortalezas de cada alumno, objetivos para la próxima sesión... Con un segundo asistente maqueto el informe y se lo envío a cada alumno junto a la grabación de la sesión. En fin, el reporte "artificial" es un añadido que enriquece la formación y multiplica mi productividad.

La ayuda de la IA supone una mejora en mi actividad profesional, indudablemente. Así que sí, la inteligencia artificial es más que bienvenida cuando con ella se agilizan procesos y se mejora la productividad.

Pero, ¿por qué mucha gente está asustada con la IA? ¿Por qué hay quienes se sienten amenazados por esta revolución tecnológica? Pues porque esa agilización de procesos en ocasiones lleva consigo menos trabajo desempeñado por humanos. Y aún más, hay profesionales que sienten que la IA puede arrebatarles su modo de vida, puede quitarles el pan de la boca.

En el sector audiovisual, por ejemplo, y hablo de algo que conozco. Los profesionales de la locución, los actores de voz, ven en la IA una amenaza muy real. ¿El doblaje y la locución pueden estar en vías de extinción? Bueno, la industria de doblaje es joven, con apenas 80 años de historia. Nació con el cine hablado, en los años 40. Y lo hizo para acercar la cultura a una sociedad en la que la alfabetización era una excepción. ¿Hay trabajos de locución que está haciendo ya la IA? Pues sí. ¿Cómo suenan? Pues algunos mal, otros menos mal y otros aceptables. El cliente es quien tiene la sartén por el mango. Creo que la opción humana siempre será la mejor por la impronta y los mil matices posibles a introducir en tiempo real, pero si el cliente mira solo el presupuesto y no la calidad…

La sociedad ha cambiado, los tiempos han cambiado, pero volviendo al doblaje en España se mantiene como industria importante que da trabajo a unos mil actores de voz. El consumo doblado de series y películas sigue siendo mayoritario. Sin embargo, hay quien teme que la IA acabe del todo con el sector de la locución y el doblaje. La emulación de voces es una realidad y cada día que pasa se mejora. ¿Hasta dónde? ¿Hasta hacer indistinguible una voz creada con IA de una voz humana? Pues es más que posible que lleguemos a ese punto.

La industria se está defendiendo argumentando una defensa cultural, la defensa idiomática del español, del castellano, del catalán, del gallego, del euskera. Es una defensa que busca un imperativo: la regulación del uso de la IA para proteger la actividad profesional. Ya se trabaja en un estatuto del artista que pretende acotar el terreno de juego de la IA generativa para evitar la eliminación del humano en la ecuación. Se defiende el derecho de propiedad intelectual frente a la inteligencia artificial. Uno de los puntos que recogerá este estatuto tiene que ver con un uso ético de la IA en relación a la voz o a la imagen: siempre que haya un acuerdo expreso y una compensación económica.

Y esto ya está pasando. Hace unos días vi el ejemplo del actor Michael Caine. Había puesto voz a un audiolibro, La Odisea, un anticipo de la película de Christopher Nolan. Bueno, él no había puesto su voz, había autorizado expresamente la clonación de su voz. ¿Por qué lo hizo? ¿Por comodidad? ¿Por problemas físicos? Hombre, Caine tiene 92 años. El esfuerzo que supone poner voz a un libro de 13 horas no es desdeñable. ¿Tal vez le apeteció no grabarlo y probar el experimento, simplemente? Sea cual sea el motivo es legítimo hacerlo porque Caine dio su autorización y recibió por ello una contraprestación económica. Luego podemos entrar a valorar si el resultado es fabuloso o no, eso ya dependerá de la subjetividad de cada uno.

Es precisamente ahí, en el sector de los audiolibros, donde la réplica autorizada de voces es ya una realidad. La producción en audio de los fondos de las editoriales aún es ínfima. Es decir, hay muchísimo trabajo por hacer, por sonorizar. Las editoriales pueden optar por generar voces completamente artificiales, en cuyo caso los profesionales de la voz desaparecen de la ecuación, o pueden optar por el uso autorizado de una voz clonada retribuyendo al propietario de esa voz: lógicamente voces de relumbrón, voces reconocibles por el público y de calidad contrastada. Esta alternativa es razonable para productos de un catálogo con escasa demanda que no se sonorizarían de otro modo.

Sinceramente no creo que las editoriales vayan a volverse locas con la producción con IA. Entiendo que reservarán esta opción para determinados casos, ensayos a una voz básicamente. La ficción, con personajes, quedará reservada siempre para el humano. Y es que la complejidad de dar vida a contextos y al carácter de los personajes es mayúscula. Ahí el humano gana por goleada. Es lo que creo, de veras.

Tal y como yo lo veo, la inteligencia artificial es una herramienta con la que convivimos y conviviremos. Se va a ir incrustando en el día a día en mil y un detalles y momentos de nuestra vida, personal y profesional. Negarse a la evidencia no la evitará ni hará que desaparezca. Ante revoluciones industriales hay dos opciones. Una es atrincherarse, radicalizarse, enfadarse y dejar de respirar en aras de una manera de vivir y de trabajar que va quedando anacrónica. Dejas que la ola te lleve hasta la orilla y te revuelque. La otra forma es la de intentar subirse a esa ola, enorme, y a ser posible surfearla. A mí, me gusta más la segunda opción.